sábado, 16 de julio de 2016

martes, 22 de marzo de 2016

Muy pronto en las librerías.

domingo, 17 de enero de 2016

QUITO NUNCA ESTUVO EN ECUADOR
Quito nunca estuvo en Ecuador, ni tampoco Madrid en España, ni París en Francia, ni Tokio en Japón, ninguna ciudad está donde nos dijeron. Yo hice mi Quito en Bolivia, igual que hubo un tiempo en que hice mi París en Granada. Y así viví en París (Granada). Y también viví en Bilbao (Mozambique) y en Los Ángeles (China). Hubo un momento en que decidimos que los significantes no eran los significados ni sus sentidos. Hacemos el lenguaje y hacemos el lugar. La consecuencia: hacemos nuestra identidad. Y nuestro fin: crear nuestro propio lenguaje con el lenguaje dado, es decir, cambiar los sentidos, los significados, los significantes; transformar las estructuras sintácticas; trastocar la morfología; jugar con la ortografía y la gramática; reflejar los diferentes discursos de la pragmática…
Y sobre la identidad ¿qué decir? Que nuestro camino va hacia la Anonimia. De nada sirve el nombre en un percal como este, se vuelve un trazo muy fino, casi invisible, algo incómodo, pura descomposición en la podredumbre; un cerco inútil del que salir cuanto antes; una corriente de novedad sin novedades. Pero además, debemos confirmar que nunca tuvimos nombre, siempre seremos l@s nadie, seres sin rostro, un cuadro de Francis Bacon, unos versos de F. Pessoa: “No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”. Y el deseo de ser considerado como autor/a: no nos engañemos, el literato, el escritor o el intelectual no poseen ninguna presencia social, se trata de un ser al que durante largo tiempo se le ha ido apartando.
Por eso, siempre aprecié la escasa importancia que algunos escritores de la Edad Media daban a la individualidad, al nombre, a la identidad. Una voz sin dueña/o. La pérdida de beatitud de lo nominal. Vivir en el pronombre. Ser poema, coexistir en el verso, borrar el garabato que nos describe. No estoy nada de acuerdo con ese condicional de Borges: “Si (como el griego afirma en el Cratilo)/El nombre es/ arquetipo de la cosa,/En las letras de rosa está la rosa/Y todo el Nilo en la palabra Nilo.” ¿Somos el nombre propio, ese poderoso objeto social? Veo a mis padres, su ilusión por definir a su hija, por identificarla; contemplan mis apellidos, vislumbran su obra carnal. Ahora veo yo la mía, la que siempre fui: Nada. El nombre, nuestro futuro: "No future" nos dijeron los punkis, no se confundieron. Yo he preferido quitarme esas “descripciones abreviadas” como las definió Bertrand Russell. El nombre propio “es un signo voluminoso, un signo lleno de un espesor denso de sentido” nos apuntó Roland Barthes; pero qué sentido, ¿el inculcado? ¿el instruido? ¿el domesticado? ¿Qué ocurre con su capital simbólico cuando se pierde? El nombre propio no constituye una identidad personal absoluta, este hecho lo establece la anonimia y el anonimato. Así que estamos fuera de la convención y lo codificado. Estamos en la reunión de todos los nombres. Estamos en aquello, si se me permite la osadía, de no ser poeta y querer ser poema. Hay más nombres que nuestro nombre propio, ¿quién dijo que este es el verdadero? ¿nuestra familia? ¿nuestros amigos? ¿aquella sociedad? ¿No os parece una tontería identificar nombre con identidad? A veces, para que algo exista no hace falta nombrarlo. En suma, la anonimia resulta una vuelta al origen y por supuesto, la pérdida de la sacralidad del sustantivo patronímico.

viernes, 17 de julio de 2015

CASI TODAS LAS RESEÑAS DE INCLINACIÓN AL ENVÉS

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