jueves, 18 de noviembre de 2010

ELOGIO DEL SIMULACRO: VIVIR SIN MENTIRAS

Empecemos por las razones de sacar los otros de uno mismo (que es entrar aún más en el sinsentido). En primer lugar, debo dejar claro que no es el deseo de conocerme, a mí el deseo de conocerse a sí mismo me parece una de las acciones más vanidosas y dirigidas directamente al fracaso. ¿Por qué? Porque cuando digo “me conozco” o “creo conocerme” entro en una espiral de espejos deformantes y espejismos, por eso, opto por tu última opción: no me interesa conocerme, intentarlo supone mostrar unas creencias en el poder cognitivo de las palabras, y de estas creencias hace ya tiempo que me apeé (aceptar el absurdo significa ser feliz, o al menos, parecerlo). Si algo tiene la heteronimia de conocimiento es el regreso, el desconocerse, ahora te diré los motivos (esa frase de Sabina puede resumirlos). Varios son los argumentos para mi heteronimia. El primero de ellos posee un carácter geográfico. Nací en Cáceres (Extremadura), lugar fronterizo, la heteronimia la concibo como una frontera, una línea temporal entre lo que nos pasó y lo que somos. Después está la consideración de Cáceres como ciudad de la nada, en esta ciudad no puede haber leyendas, ni pueden crearse mitos (sus habitantes no admiran/escribir es llorar), el tiempo está parado como un péndulo fijo, las esquinas están llenas de recuerdos, la gente no tiene rostro porque lo perdió en el momento de nacer, los escritores son lobos que aúllan a un yo que no llega nunca, los amigos se convierten en lo que han criticado y se transmutan, finalmente, en símbolos agridulces, las madres paren hijos que tienen, desde su primera visión, conciencia plena de la muerte pero callan, los bares crean personajes que todas las noches vuelven a dormir en su guiñol; es la ciudad que siempre duerme aunque esté despierta porque alguna vez pensó que el sueño podía ser la vida, pero sus habitantes dejaron de soñar. En ella los libros se perciben como árboles en donde algunos hombres cantan para sí mismo una música muy antigua. En ella la vida siempre está en otro lugar. Una lluvia invisible y continua moja por dentro sus corazones. Casi todos ven su existencia por televisión como un río que se pierde en otra nada. Todo es previsible (¿alguna vez fuimos jóvenes?). Aquel que se va y vuelve alguna vez por sus dominios mira con recelo a sus habitantes, porque en otras ciudades de la nada su ego lo ha hinchado tontamente un enano bilingüe con cara de ratón. En la ciudad de la nada las noches de luna menguante una mujer brilla dentro de un limonero, es una de las pocas señales de…Todos saben que alguna vez su especie desaparecerá y que la tierra será un lugar realmente bello y entonces, los libros y la música volverán a su origen. En fin, como te digo, es una tierra de frontera, es una tierra imaginaria, de conquistadores que no conquistaron nada, en consecuencia, la heteronimia es un escribir en los márgenes (nada de bordes marginales, como sabes, odio a los idiotas que se creen marginales y esperan el milagro ficticio de la inmortalidad literaria, ¡menuda chorrada! la inmortalidad literaria). A esto se puede añadir una frase de I. Kertész: “No se puede vivir la libertad allí donde hemos vivido nuestra esclavitud. Habría que marcharse a algún sitio, muy lejos de aquí. No lo haré. Entonces tendría que renacer, transformarme…pero en quién, en qué?”
Como dices el yo es una ficción, pero qué clase de ficción, en qué trama estamos incluidos (si pintamos algo en esa trama), cada cuánto tiempo nos enganchamos a las vidas no vividas, ¿cuándo vamos al supermercado qué tipo de animal somos? Es posible destruir la cultura? Cuándo creamos un personaje ¿cuánto de nosotros ponemos en él? Son más reales mis heterónimos que yo? Qué vida no vivida habrán soñado los reales ausentes? Es la heteronimia una novela sin trama?
Hablabas en el segundo mensaje de autoría y de su valor supremo. Y esto me recuerda la cuestión del anonimato, el otro lado de ese yo-yo inflado que es la autoría. Por ahora, en mi caso, estoy realizando el viaje del yo hacia los otros; por qué este viaje? Porque es una manera de conjurar, de aceptar el miedo a la muerte y sus alrededores (es diferente sentir la muerte que pensarla). Una vez llegado a los otros, falta desarrollarlos, vivirlos y finalmente, si me deja el tiempo, acabar con ellos para volver al estado originario de la escritura: el anonimato ya sea desde esa misma escritura o desde la simple lectura. Por qué? Porque todo aquel que escribe quiere verse publicado, verse re-conocido, y por último, verse en los libros de texto, y a mí, como te dije, la inmortalidad literaria me parece una chorrada. Si sigo escribiendo es por una razón: la escritura aún se manifiesta como el lugar de lo impredecible. Hace unas semanas durante una noche etílica nos preguntó un amigo por qué escribíamos, yo le respondí con otra pregunta: por qué quieres a tu mujer? La respuesta: cara de incomprensión y razones obvias. Me hubiese gustado que nos hubiera dicho una razón contundente o me follé a un cerdo, lo amé durante mucho tiempo y me dejó o es que tengo miedo a morir solo o es que soy feo y tuve que conformarme con esta persona o yo ya no soy yo, ya que fui absorbido por la persona amada y ya no vivo en mí o cualquier tontería por el estilo. Por eso, bebemos y escribimos y amamos o no, quién sabe. Las verdades casi siempre son tristes.

11 comentarios:

Marco dijo...

Recojo complacido el guante, teniente D`Hubert . Cruzaremos plumas sin fatiga de la amanecida al crepúsculo, sobre cumbres agrestes o en la vega rumorosa, bajo un sol de justicia o rotos de frío. Y te hago saber compañero que no será a primera sangre como se resuelva esta querella nuestra sino a muerte, que otra cosa redundaría en ofensa del venerable código de duelistas y menoscabo de su antigua usanza, pues en liza está por lo que no merece menos que sacarse las tripas y ponerlas en negro sobre blanco, sin guardar cuidado por quien sea el elegido de la diosa Fortuna, ramera de la Providencia. Las espadas están en alto.

Marco dijo...

1. Afirmas que la heteronimia es lugar fronterizo entre lo que nos pasó y lo que somos. Pero, ¿qué hay de lo que seremos? Y más aún, de lo que podríamos ser. El presente, predio la posibilidad que ha de escribirse en condicional, se nos insinúa con un beso al aire: “Si gana el quiero la guerra del puedo”, será posible que nuestra mano se deslice bajo su falda, de lo contrario deviene promesa incumplida y el rencor despechado del deseo frustrado se prostituirá a la probabilidad, que ha de escribirse en adversativa: “Quise pero no pude”, y el futuro mirará más de lo que quisiera la senda que nunca volverá a pisar. La melancolía abre entonces un hiato en el Yo, incardinando la discordia en su seno con fatales consecuencias. En adelante, desolado como una tierra baldía, para no sucumbir al odio que dirige contra sí, urde un plan siguiendo los dictados de su instinto de supervivencia: la ficción, la mentira cohonestada con la esperanza. El simulacro. Inventar (se) lo que no nunca fue (fuimos) ni será (seremos), pero, podría (podríamos) ser. He aquí el rincón oscuro de la conciencia, donde, como un hongo, arraiga la ficción y su verdad especiosa siembra las esporas de la ilusión de un Yo fruto de elecciones y vida. No persigue el auto-conocimiento (te concedo que es una empresa imposible e indeseable), menos, el conocimiento (incluso la ciencia no es más que un puñado de conjeturas), tan sólo el olvido de lo que somos (sea ello lo que fuere, que no lo sé) en aras de lo que quisiéramos ser, la madre del cordero. Es el deseo quien se enmascara bajo el heterónimo, joven amigo. Por eso Antonio Machado dijo aquello de que lo verdaderamente carnavalesco sería quitarse la cara, aventar deseos e instintos, danzar en los bosques su frenesí nocturno al ritmo de la siringa agreste, al son del sistro y del tambor…Yo te digo, D´Hubert, que la heteronimia es el lugar fronterizo de lo que fuimos y lo que quisiéramos ser, ya qué lo que somos declina en el blanco que media entre cada renglón que escribo, se desgarra en la urdimbre del texto, se desangra en la mentira de una promesa con la que otorgo, arrebatado y trémulo como una novia núbil que espera la verga que hará jirones su niñez…

Marco dijo...

Los oficiales D`Hubert y Feraud protagonizan El duelo, relato de Joseph Conrad, que refiere la historia de la enemistad y múltiples enfrentamientos a espada y pistola que sendos húsares mantuvieron a lo largo de las campañas de Bonaparte y ancho del territorio europeo, hasta que la Restauración monárquica obró de Deus ex machina, para resolver el conflicto. Feraud, duelista vocacional y bonapartista irredento. D`Hubert, duelista ocasional y monárquico emboscado, de ahí que el desenlace se decante de su lado. Prefiero y elijo la furia de Feraud, su fanatismo y entrega, la soledad, la marginalidad y el triunfo personal que domicilian su porvenir.

Marco dijo...

2. Cáceres, ciudad de la perplejidad, varada entre la historia solidaria y monumental y su déficit de identidad hodierna; una ciudad de ensueño sin soñadores; ciudad universitaria expedita de cultura (salvo que por tal entendamos los conciertos multiculturales regados de meados con que se nos regala anualmente); habitada por una turba que saca a pasear su tedio las fiestas de guardar dispensando al conjunto un aire macabro y hediondo de cementerio inopinadamente transitado por sus moradores. Cáceres, ciudad de la perplejidad, vetusta y clariniana, donde la novedad no es posible y la aventura, la conversación inteligente, la buena música, la literatura en definitiva, están proscrita en sus bares, templos del balón-pie. Cáceres, ciudad de la perplejidad, donde ya nadie cree en leyendas, donde los mitos, albaceas del Ser, nunca fueron y la imaginación sucumbió a la mediocridad hostelera y turística que emplea y en la que se emplean sus habitantes. D´Hubert, te desafío a rescribir Cáceres, a invertir su destino de ciudad de la perplejidad y de perplejos, inventar e inventariar los mitos que nunca fueron, escribir sus calles y sobre sus calles, narrar, no sobre sus habitantes, sino a pesar de ellos, contra ellos, sin ellos. Pero antes, me dirás, habría que arrojar la bomba H, demoler sus piedras, hacer añicos la cristalería de sus escaparates, violar sus maniquíes bajo la atenta mirada de las cigüeñas. Celebrar una hecatombe en honor a Dionisos en la que todos los cacereños fuesen degollados con pedernales sobre una pila bautismal para mojar nuestras plumas en la oscuridad de su sangre santificada por el dios niño, y con caligrafía premeditada y nocturna, abrumar la carne arremetida y gemebunda de las cacereñas con la novela de la fundación de la segunda Babilonia, la liturgia minuciosa y atroz del Apocalipsis y la celebración auroral de la gestación sus terribles dioses párvulos. Y ya no serías por más tiempo cacereño, D´Hubert, resurgiendo de las cenizas junto a tu ciudad rescrita, con su historia reinventada, su ficción niña y su dación (ya que no dávida, término fugitivo de los diccionarios) Expedito de débitos con el pasado mezquino y unánime, podrás ser lo que quieras, el que quieras instaurando el reino de la posibilidad, la disyunción inclusiva, la cópula gozosa y germinal…La heteronimia dejará de ser una ciudad fronteriza, perpleja, de ausencias rumorosas como los habitantes de Comala, para ser la afirmación del Yo múltiple y equívoco de lo demoníaco: “¿Cuál es tu nombre? Legión, porque somos muchos. No bajes la guardia, mi florete tiene sed de tu sangre, ausencia torturada, realidad presente.

Anónimo dijo...

Cuanto zumbao hay por aquí.

Julio César Galán dijo...

Zúmbale, anónimo, que sabemos quién es quién; a veces, la anonimia refleja la cobardía de la máscara, sobre todo en tu caso. Ay, qué pena me das, ¿sabes ya que eres parte del olvido? Lo mejor es que te morirás siendo lo que eres, exacto a ti, es decir, un pobre tonto que sueña con eso que, en el fondo, tanto ansías... marginal!!!!

Anónimo dijo...

Menuda mierda...

Julio César Galán dijo...

Sabes que eres uno de los personajes de Poetas en la noche? Ayer, releyéndola te miré y me dije de nuevo: "te morirás siendo lo que eres, exacto a ti, es decir, un pobre tonto que sueña con eso que, en el fondo, tanto ansías... marginal!!!!"

Marco Antonio dijo...

3. Mas busca en tu espejo al otro, / al otro que va contigo…y si no podemos caminar sobre las pavesas de esta ciudad que nos aherroja, en la que la vida siempre está en otro lugar, seguiremos el consejo del Nobel húngaro, caminaremos sobre las cenizas de nuestras máscaras. Destruyamos nuestra identidad, incendiemos la máscara de cera con la que representamos el personaje que alguien esbozó sin nuestro asentimiento, matemos al autor de este sainete que nos redujo al triste figurón que desempeña su función prevista y previsible para regocijo de una audiencia ignota y cruel. Nos escaparemos de este esperpento mediocre, haremos mutis por su foro en llamas para erigirnos en demiurgos de la nueva obra cuyo teatro será el mundo y su protagonista, cuantas identidades queramos o podamos pergeñar, D`Hubert. No para conocernos, sino para reconocernos en los otros que no somos, norte y cumplimiento del verdadero arte, ofrecer millares de espejos que multipliquen el referente hasta hacernos olvidar ante cual de ellos se levanta el original y exorcizar así la identidad monótona, fundando el simulacro, el mito, logrando la quiebra de la realidad mezquina. Nos reconoceremos gozosos en todos y cada uno de los reflejos apócrifos que nos escrutan divertidos desde el otro lado: un gesto, una pose, la mirada remota del real ausente que nos convoca al espacio de la posibilidad, de la disyunción inclusiva que nos permite transitar por ambas sendas la cada encrucijada en que se bifurca el camino de la ficción: ser la ninfa violada y el fauno violador, vivir la épica y sufrir la tragedia, celebrar la efemérides y el olvido, ser mortal y ser dios, ser uno mismo y el otro en que nos reconocemos: El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas;/ es ojo porque te ve…Porque al cabo, siempre precisamos tender puentes a la alteridad, (¡Qué mi clamor llegue hasta ti!), para no languidecer en el solipsismo estéril y mortificante del cogito cautivo, buscando en la conversación la voz amiga, la promesa de amor esquivo que se insinúa en cada extraña y el arrobo del repiqueteo de su andar incitante y hembra, cuyo eco hiere las bóvedas góticas del alma en la madrugada. Y aquí principian el yo lírico y el yo místico, el yo-otro que no es una forma de enajenación como suponía la dialéctica hegeliana, cuyo fin era la aniquilación de la alteridad por el Yo mayúsculo y absoluto gobernado por la santísima trinidad de la lógica: el principio de identidad, no contradicción y el tercero excluido. El otro era una cala en el camino que debía realizar el Espíritu en su aventura hacia el reconocimiento, la antítesis, la paradoja, la locura. El Caballero de los Espejos que desafiaba su valor y probaba su valía en la liza. Quedo a la espera de tus estocadas certeras.

Marco Antonio dijo...

"No me acuerdo de olvidarte" (Memento, 2000)…Si quiero que me conozcas te referiré la historia de mi vida desde donde la memoria puede asistirme en la lejana infancia cuando dos y dos sumaban cinco, cada pormenor o mínima alegría, el retrato de los padres, la vez que me hirió la visión del mar o la primera desilusión, la última; el nacimiento de mi hija, la búsqueda de la mujer, en la mujer y por la mujer; las pérdidas y renuncias, algún logro, ningún éxito…te leeré una novela parcialmente basada en la memoria con algo de verdad y mucho de invención, que no de mentira aunque toda mentira no es más que un acto de piedad: mentimos a los demás para que nuestra mezquindad, nuestro egoísmo, nuestra miseria no les hiera, y nos mentimos a nosotros mismos porque somos demasiado mezquinos, egoístas y miserables para seguir viviendo en ausencia de alguna de las virtudes que admiramos, no en los demás sino en sus obras, no en lo que son sino en lo que hacen. En ausencia de memoria la identidad vacila y ha de reinventarse de continuo, de rescribirse, para no desfondarse, por eso los pueblos cantan las hazañas de sus héroes fundadores, por eso tuvimos épica, para saber quienes somos ahora en función de los otros que fueron antes, esta el canto de sirena que encandila a los nacionalismos, la ilusión de una identidad inquebrantable, la afirmación cierta del YO SOY y expresión de su voluntad de querer. No, no creo que el heterónimo sea una novela sin trama, muy al contrario en el entramado de acontecimientos que los teje se cifra su naturaleza íntima. No se trata de soñar una psicología, un carácter, unos rasgos y soltarlo en el ruedo del mundo para que haga su faena, sino que es ésta la que le singulariza y dispensa su carácter. No existe psicología a priori, son las acciones y conductas las que perfilan la personalidad. El carácter son los hábitos que son un destino: El hábito sí hace al monje. Si quieres conocer al alguien, por tanto, no le preguntes por su historia que es una ficción solidaria con la de todos los hombres, en sus costumbres descubrirás al ser que se embosca en el relato. Si como dicen, cada siete años nuestras células se renuevan totalmente, ¿sigo siendo el mismo que era a los veinticinco, y a los dieciocho, a los once, etc.? Somos pues la creación de una memoria infiel que junto a la colección de hábitos que nos visten urden el ser que soy y que fui. Si no tuviera pasado tendría que inventarlo. Del que seré no sé nada y sólo la imaginación aventurera pertrechada con la escritura podrá transitar las sendas de la posibilidad ya en los predios del arte que corrige la vida, y en este meandro retomamos la pregunta que nos acompaña como una fiel escudera: ¿por qué escribimos? Como dices “la escritura es el lugar de lo impredecible”, es decir, de la vida en ausencia de un destino coercitivo que nos aherroja al presente y su rutina, a la inautenticidad. La escritura nos permite cortar uno de los nudos gordiano de la existencia:
“El absurdo para Heidegger está basado ontológicamente en el modo
de vida inauténtico del hombre, el estilo de vida que el hombre
adopta al descuidar sus posibilidades entregándose a las
banalidades del presente instantáneo (corresponde a la existencia
trivial del «hombre masa» ortegueano). Fenomenológicamente,
Heidegger llama al fenómeno de la inautenticidad (Verfallen)”
Publicar es harina de otro costal, ahí si interviene el deseo de reconocimiento, motor de la historia a decir de Hegel.
Seguiremos conversando, que cuando la vida manda la literatura debe esperar.
Atentamente, Teniente Feraud.

Marco Antonio dijo...

El estilo de vida que el hombre adopta al descuidar sus posibilidades…Escribimos para conjurar el miedo a la muerte y tender puentes a la alteridad. Lo primero es obvio, no ya por un deseo de celebridad más allá de la muerte que de poco sirve cuando no se goza: si he de ser famoso que sea en vida y lo antes posibles para disfrutar debidamente de las mieles del éxito y el sexo de las becarias, sino porque cuando emborronamos una cuartilla estamos deteniendo el curso del tiempo. La grafía que arrancamos al instante, el párrafo con que saqueo la hora presente, es mi botín de guerra. Se dice que nosotros matamos el tiempo y él, nos entierra, pero, de igual modo que las experiencias y vivencias urden y pueblan nuestra memoria, con malos o buenos recuerdos, la mayor parte del tiempo pasa en vano con su racimo yermo, pasto del olvido más inmediato, salvo que seguemos con destreza su tallo vaporoso y atrapemos el fruto en palabras, frases, textos que testimonian a un tiempo un devenir y la eternidad. El escritor es un taxidermista que dispensa la ilusión de vida a un cadáver. Este es el legado del tiempo cuando comprendemos su naturaleza y la función de la escritura, recolectora de instantes que significan vida, vida naturalmente embalsamada, ficción en definitiva. Al cabo, el olvido, que es ley y no pena, dará cuenta de todo. Como escribió Borges: “Un poeta mediocre: La meta es el olvido. Yo he llegado antes.”
Tendemos un puente a la alteridad cuando somos leídos, criticados, reconocidos, elogiados o denigrados. El otro nos salva de la “objetidad”. En soledad soy un objeto entre objetos. Sólo cuando el otro me dirige su mirada, me interpela o me lee, devengo sujeto. No aspiremos al auto-conocimiento sino al reconocimiento. Este fue el pecio que la filosofía existencialista salvó de Hegel. La síntesis final, rumorosa del clamor de víctimas cuando la Historia imita a la filosofía, se repudia y el espíritu toma un atajo, desbroza temerario el tremedal de vanidades, odios, miedos, pasiones, afectos, envidias, soberbias, rencores que media entre yo y el otro al que, no sin esfuerzo, re-conozco en su alteridad enigmática e irreductible a mí mismo. Si quiero poseerlo lo destruyo como destruimos el lirio que cobramos para apropiarnos de su belleza ignorantes de que esa belleza sólo perdura si aceptamos la triste verdad de su desafecto, nunca le importaremos y seguirá resplandeciendo cuando faltemos. Como destruimos la belleza de la mujer que deseamos cuando la cobramos como un trofeo y la sentamos a nuestro lado y diez años más tarde es como ese lirio marchito que descubrimos entre las páginas de un libro: su belleza es una memoria triste, “el dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces” decimos con la mirada lejana, fija en ese fulgor perdido. Esa es su verdad y nuestro reproche. A la belleza sólo podemos servirla humildes y dejarnos besar por ella, que nos convide a su lecho o nos castigue con su desdén. La belleza es la puta de la que se enamora el adolescente.
“Eres mío”, dijo el poder al mundo. / Y el mundo le hizo prisionero de su trono. / “Soy tuyo”, dijo el amor al mundo. / Y el mundo le dio la libertad de su ámbito. Tagore.
La pura verdad es que ni el tiempo ni el “otro” son poseídos más que en la entrega por nuestra parte, la abnegación y el sacrificio. Escribir es todo eso y más….