lunes, 3 de enero de 2011

FILOSOFÍA DE LA NO IDENTIDAD II: LA HETERONIMIA COMO MITO (FRAGMENTO)

 
Dice Luis Alberto de Cuenca en su libro Necesidad del mito: “Así, el mito es necesario para el hombre que, perdido en las nieblas de un remotísimo pasado, ideó este nuevo género de discurso. Pero, ¿por qué necesario?” Para nosotros, Feraud, el mito no es necesidad ideal, sino que es una necesidad real, igual que para otros es una necesidad pavonearse por los pasillos institucionales o poéticos epigonales. Siguiendo el hilo de ese libro y de nuestra conversación (para los griegos mythos significa tanto ficción como conversación) los mitos se fundan, como toda escritura, para intentar comprender la muerte, para entenderla, para asumirla. Nosotros ya hemos dejado de ser prohombres, Feraud, así que ahora nos toca asumirla (la muerte es tan sólo una forma más de integrarse en la belleza). Desde los dólmenes hasta los templos majestuosos. En nuestro caso, como en el del hombre primitivo, nuestro mito es una historia verdadera. ¿No ves todos los relojes parados? Realidad primeval. Si en esta edad que nos ha tocado las ideologías no viven al menos formemos realmente los mitos, vivamos los mitos, hagamos una nueva sociedad mitológica. Volver a sacralizar. ¡Empecemos! Ya que nos es imposible volver a la naturaleza, seamos consecuentes con nuestros pensamientos. ¡Empecemos! ¡Todos necesitamos los mitos! Aristocracia de la palabra, dame fuerzas.
La heteronimia como mito no ejemplar y como la identidad se asemeja a otros mitos y se rehace continuamente (actualmente los mitos escasean por falsos o superficiales, abundan más los mensajes mitológicos, el tiempo dirá si alguno se convierte en mito). Siguiendo a Luis Alberto nos topamos con esta afirmación: “El mito, pues, relata siempre una “creación”, cómo algo ha cobrado existencia, ha comenzado a ser.” El origen de la heteronimia de Julio César Galán está en el aforismo, en tres aforismos de los heterónimos, Luis Yarza y Pablo Gaudet, y los semi-heterónimos Rafael Fuentes y Óscar de la Torre, que soy el que te responde. Falta Jimena Alba. Soledad, Escritura y Naturaleza son las razones de esos aforismos.
Hablabas, Feraud, de ser uno mismo y otros; los otros surgen de esa soledad extrema en la que uno no se distingue de los objetos, de ahí ese verso: “ Humanizo las cosas”, como necesidad (otra más) de volver a uno mismo con seguridad, pero en ese camino silencioso ese yo resquebrajado ya empieza a percibir que a los lados unos ojos le miran con detenimiento y sospecha. Y ese yo se altera, tiene miedo, tiene pavor, vértigo, y finalmente tras un largo viaje de asimilación de contradicciones, paradojas, antítesis, locuras, absurdos, tormentos, ansiedades, llega a la compresión de sus fracturas (cuando uno se lame las heridas surgen los heterónimos dice Julio, él que es una ficción más, tan verdadera como nosotros que somos Legión). Como sabemos la relación entre escritura y soledad es obvia y vital. Ya hablamos de la escritura, como lugar de lo imprevisible, y tú me decías, siguiendo las teorías de la recepción, como espacio en el que el lector se re-conoce y en el cual existimos sin saberlo. El tercer grado, desde el tópico, es la naturaleza como vuelta a lo primitivo, a lo maternal, como conjunción con aquello que nos rodea y alimenta, y como agradecimiento por ello.  
Dice Luis Alberto de Cuenca en su libro Necesidad del mito: “Así, el mito es necesario para el hombre que, perdido en las nieblas de un remotísimo pasado, ideó este nuevo género de discurso. Pero, ¿por qué necesario?” Para nosotros, Feraud, el mito no es necesidad ideal, sino que es una necesidad real, igual que para otros es una necesidad pavonearse por los pasillos institucionales o poéticos epigonales. Siguiendo el hilo de ese libro y de nuestra conversación (para los griegos mythos significa tanto ficción como conversación) los mitos se fundan, como toda escritura, para intentar comprender la muerte, para entenderla, para asumirla. Nosotros ya hemos dejado de ser prohombres, Feraud, así que ahora nos toca asumirla (la muerte es tan sólo una forma más de integrarse en la belleza). Desde los dólmenes hasta los templos majestuosos. En nuestro caso, como en el del hombre primitivo, nuestro mito es una historia verdadera. ¿No ves todos los relojes parados? Realidad primeval. Si en esta edad que nos ha tocado no viven las ideologías al menos formemos realmente los mitos, vivamos los mitos, hagamos una nueva sociedad mitológica. Volver a sacralizar. ¡Empecemos! Ya que nos es imposible volver a la naturaleza, seamos consecuentes con nuestros pensamientos. ¡Empecemos! ¡Todos necesitamos los mitos! Aristocracia de la palabra, dame fuerzas.
La heteronimia como mito no ejemplar y como la identidad se asemeja a otros mitos y se rehace continuamente (actualmente los mitos escasean por falsos o superficiales, abundan más los mensajes mitológicos, el tiempo dirá si alguno se convierte en mito). Siguiendo a Luis Alberto nos topamos con esta afirmación: “El mito, pues, relata siempre una “creación”, cómo algo ha cobrado existencia, ha comenzado a ser.” El origen de la heteronimia de Julio César Galán está en el aforismo, en tres aforismos de los heterónimos, Luis Yarza y Pablo Gaudet, y del semi-heterónimo y amigo Rafael Fuentes. Soledad, Escritura y Naturaleza son las razones de esos aforismos.
Hablabas, Feraud, de ser uno mismo y otros; los otros surgen de esa soledad extrema en la que uno no se distingue de los objetos, de ahí ese verso: “Humanizo las cosas”, como necesidad (otra más) de volver a uno mismo con seguridad, pero en ese camino silencioso ese yo resquebrajado ya empieza a percibir a los lados que unos ojos le miran con detenimiento y sospecha. Y ese yo se altera, tiene miedo, tiene pavor, vértigo, y finalmente tras un largo viaje de asimilación de contradicciones, paradojas, antítesis, locuras, absurdos, tormentos, ansiedades, llega a la compresión de sus fracturas (cuando uno se lame las heridas surgen los heterónimos dice Julio, él que es una ficción más, tan verdadera como nosotros que somos Legión). Como sabemos la relación entre escritura y soledad es obvia y vital. Ya hablamos de la escritura, como lugar de lo imprevisible, y tú me decías, siguiendo las teorías de la recepción, como espacio en el que el lector se re-conoce (otro espejo más) y en el cual existimos sin saberlo. El tercer grado es, desde el tópico, la naturaleza como vuelta a lo primitivo, a lo maternal, como conjunción con aquello que nos rodea y alimenta, y como agradecimiento por ello.
Hasta la vista, Feraud.

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