martes, 20 de agosto de 2013

EN CUADERNOS HISPANOAMERICANOS

Anfibios y pronombres: El lectoespectador de Vicente Luis Mora


                                               Julio César Galán

 Vicente Luis Mora: El lectoespectador. Seix Barral. Barcelona. 2012.



  1. Un laboratorio permanente


Varias son las razones que le llevan a uno a coincidir con un libro, en este caso un ensayo: un primer momento reside en alimentar la curiosidad por la trayectoria de un autor; en concreto, Vicente Luis Mora viene dando pruebas de su solvencia como ensayista, ahí están Pangea, Pasadizos o La luz nueva, con sus hibridaciones y sus deseos formales de ir más allá de la normalidad ensayística, y argumentales en el modo de acercarnos a diversos asuntos actuales, pero de carácter universal, pongamos que habla de algo tan antiguo como nuevo: los límites de los géneros y por lo tanto, del texto, o algo más “reciente”, me refiero a aquello de criticar al crítico y de crear una forma analítica adecuada a nuestro tiempo. En un segundo nivel tenemos las referencias que van saliendo del libro en cuestión y me quedo, más allá de los elogios, defectos o ataques, con las señales informativas y pensativas. Desde aquí tenemos reseñas que apuntan que El lectoespectador nos lleva a la reflexión, y es cierto, aún más, aporta sugerencia y con ello voluntad de crear desde sus fronteras. Pero la importancia de esas creaciones pangeicas residirá, como siempre ha sido y será, en la calidad de las mismas. La anulación de los filtros de una obra: el editor, la distribución, la propia edición, etc, posee una apertura democrática de aquellos escritores que no residen en círculos concretos; pero también trae la rebaja de la selección cualitativa. Y puestos a saltarnos escalones y dar un impulso más trascendente por artístico, por qué a alguien no se le ocurre subir todos esos obstáculos de un golpe y formar toda una comunidad literaria, en donde ese alguien sea varios escritores, sea varios críticos de esas obras e incluso imaginar la creación de varios tipos de lectores: ¿Un nuevo perspectivismo? ¿Esto es el sueño de Pessoa?

Digresiones a un lado, un tercer momento de convergencia lo tenemos en la contraportada del libro y en la información que nos aporta: su carácter proteico por medio de apotegmas, imágenes, tweets, etc, contribuye de este modo a asentar y a enlazar la coherencia expresiva con la intelectual; pero, ¿quiere decir esto que estamos ante un texto superficial, en el que se intenta adornar reflexiones flojas con disposiciones novedosas? No, y daré varias razones: 1) Si algo tiene el ensayo diferente a otros “géneros” es que los impostores se muestran con mayor claridad, es decir, si uno tiene algo que decir (bien) o no se nota más. En este lectorespectador no solo se nos avisa de esos nuevos cambios sino que el propio escritor es uno de los participantes de esas transformaciones necesarias para que la literatura progrese. 2) Esas aportaciones propias y ajenas se han planteado con gran claridad, tan comprensibles para el que pasa por primera vez por estos ambientes como para el que ya está más avanzado. 3) Hay un gran manejo y una excelente dosificación de las contribuciones que pueblan este ensayo. Así, esa única preocupación: “cómo miramos nuestro tiempo” se vincula con una serie de propuestas que llenan de savia nueva el ambiente literario español (algunos ejemplos los vemos en la concepción pangeica de la creación narrativa, lírica y ensayística), dando lugar a esa “mirilla en el mapa de la conciencia colectiva”.

  1. El todo de las partes: antorchas para algunos

Para formar esta crítica he de recomponer las diversas anotaciones, dobleces de página, subrayados…Empecemos por la hipótesis principal: la concepción de la escritura como un punto que da luz y la recibe, que abre caminos tanto hacia fuera como hacia dentro; es decir, el sentido del ser en la experiencia estética y viceversa, sin credos ni disimulos. Para ello se encuadra al hombre no como algo ajeno a las tecnologías, sino como unidad carnal y digital, recordando así las palabras de José Luis Molinuevo (uno de los referentes de Mora) y yendo más atrás, esa teoría del ciborg. Un segundo encuadramiento lo observamos en el texto como imagen, desde el ámbito de la Red; y como consecuencia: una forma diferente de lectura fragmentaria, global y fronteriza. Uno de los asuntos más interesantes en este sentido y que Vicente Luis Mora añade, se percibe en esa posibilidad de incluir comentarios de lectores de blogs sobre un libro en una edición del mismo (crítica en nube, la cual sería aconsejable que se inclinase hacia al anonimato como cualquier otro análisis de esta clase) y sobre todo incluirlas en publicaciones electrónicas. Sin embargo, esas ediciones digitales están a la espera de avances para que se produzca la aparición de esas “obras totales”, no solo en cuestiones críticas sino desde el punto de vista estético; sin duda uno de los apuntes más interesantes. Se vislumbra a ese escritor wagneriano que mezcle virtuosamente imagen, texto, video y sonido, dando nuevas precisiones de una idea, de un verso, de unos personajes, de un diálogo, etc; creando una serie de evasiones que enriquezcan la expresión, el significado y el sentido. Todo expuesto en suspense para ese “lector 2.0”, intrigado por comprobar cómo resolverá esa red dentro de la red y sorprendido al confirmar que ese futuro puzle será tan cercano a la realidad que parecerá renovarla. Los malintencionados pueden decir que esto ya estaba, buscándole cincuenta pies al gato (ya lo han hecho con esas formas poéticas denominadas Postpoesía e Intrapoesía), pueden decir que ya lo había adelantado tal autor en tal época; pero intentar recoger las nuevas posibilidades que ofrece el medio digital y trasplantarlas al entorno literario es un hecho para tomarse muy en cuenta.
Pero si llegasen a convertirse esas distintas capas multimedias en obras totales, habría que preguntarse si en su unión ¿las distintas formas creativas se superarán a sí mismas? y si se produce esto: ¿llegarán cada una ellas “a su desarrollo originariamente propio”? En estas operas futuras, el lector se convertirá en una parte esencial de su proceso y cierre. Esperemos que no ocurra como está pasando con la ciberpoesía en sus diversas ramas, cuyas variedades, por ejemplo, la No-poesía, la Poesía Hipertextual o la Poesía animada, han dado frutos raquíticos, con alguna pequeña excepción en España, como Eduardo Dachs. Por eso, puede que esta literatura pangeica se mude en una moda, puede que como dicen algunos se le dé demasiada importancia al medio y no al contenido. Para mí la diferencia entre moda y movimiento está sin duda en la calidad de los autores, y creo que toda está mutación de formas, contenidos y percepciones tiene visos de convertirse en una literatura fuerte y cualitativa. Los avances técnicos en los libros electrónicos y el que el autor se transforme en un diseñador gráfico de su obra o que deba darse una conjunción entre escritor-programador, parecen algunos obstáculos que pueden lastrar los progresos de estas novísimas expresiones (algo que ya apunta Vicente Luis Mora). No voy a entrar en el debate de si esto es bueno o malo para la literatura, habitan en la aldea literaria demasiados moralistas como para perder el tiempo en estas cuestiones extremadamente subjetivas.
Finalmente, debo destacar uno de los rasgos de este ensayo: su comparativismo en forma de puntos de fuga. Durante todo este discurso las reflexiones se basan en las relaciones literatura-medios digitales y audiovisuales; pero además existe una segunda capa de enlaces que nos aportan otra configuración de un mismo asunto. Ahora estamos en el plano social: “la inmaterialidad económica y comunicativa” de esa Pangea como momento de repensar una nueva realidad y también como término que nos remite a otro ensayo titulado del mismo modo. Todo estas cuestiones nos reportan una unión de lo viejo y de lo nuevo, y también una proyección de un mundo a partir ¿de otro? Pues no y la respuesta nos la da José Luis Brea: “no existe este mundo y el otro”. Así el pensamiento y la mano se mueven al mismo tiempo en una realidad inmediata y cartilaginosa. Y ese punto social posee por supuesto una veta económica que se multiplica en multinacionales, millones, globalizaciones, etc. De este modo, se pasa de la estética a la economía, de la tecnología a la sociología, de la filosofía a la cultura de masas, sin que notemos grumos o chirríe alguna idea inadecuada en un momento determinante.

2. El nombre de las cosas

A lo largo de este ensayo vamos pasando por diversos tramos y rótulos que nos muestran la disección de un momento de cambio en la escritura actual. Ejemplos los tenemos en la diferenciación entre literatura tardomoderna, posmoderna y pangeica; a mí que me encantan las etiquetas, sobre todo cuando están bien explicadas y aún más porque crean invenciones como nuevas realidades y al mismo tiempo asideros en que apoyarse. Estas referencias resultan una cartografía para aquellos que quieran ponerse al día de las últimas o penúltimas creaciones librescas, así como desde un punto de vista más subterráneo un desarrollo de la teoría literaria. Por supuesto que el valor de este ensayo no habita en ese aspecto, su audacia a la hora de exponer una concepción novedosa tanto de la creación como de la crítica resulta sumamente atractiva para quienes deseamos escuchar algo que no sea lo de siempre. Vicente Luis Mora y su Lectoespectador “hablan de un modo enlazador” a la hora de crear un mundo y con ello nos presenta interrogantes, aclaraciones y sugerencias, sin dogmas ni recetas. En resumen: un buen chorro de vitalidad para el ambiente, en exceso tradicionalista, de la literatura española.

domingo, 24 de marzo de 2013

EN CUADERNOS HISPANOAMERICANOS





                                


                               EL UMBRAL DE MARÍA VICTORIA ATENCIA

                                               (EL CLAROSCURO ZARCO)


1. De afuera hacia dentro


Ya viene siendo clásico realizar dentro de la segunda promoción de poetas de posguerra una división que aclara este marco cronológico. Ahí están estudios valiosos: el ensayo de Luis García Jambrina, La otra generación del 50, diversos artículos sobre este tema o la acertada antología de Vicente Gallego, El 50 del 50. Seis poetas del medio siglo. El caso de María Victoria Atencia posee varios puntos comunes con sus compañeros de exilio poético: el silencio editorial de aproximadamente una década, la periferia literaria, las ediciones restringidas o la dificultad para encuadrar su poesía en conceptos tan excluyentes, superficiales y reduccionistas como el de “Generación”. Añadamos la condición de mujer más la inercia burocrática de gran parte de la investigación española de la literatura y tendremos las razones contextuales para que una poeta de esta calidad haya permanecido en el limbo crítico durante un tiempo excesivo. Pero lo bueno de estos casos se presentan en la independencia estilística y con ello viene la lealtad a sí mismo. Un último ejemplo se manifiesta en la entrega de El Umbral, en la cual la poeta malagueña profundiza en sus rasgos distintivos con naturalidad y serenidad, como si esos poemas remitiesen a una expresión necesaria. De las reseñas que han salido de este libro se apunta un “creciente hermetismo” o una “relativa oscuridad” (Francisco Díaz de Castro), la “depuración formal y espiritual” (Santos Domínguez) o “las alusiones culturales” (Josep M. Rodríguez); estas observaciones poseen una relación estrecha y plena en este poemario. Esa reserva de mostrar una palabra demasiada clara se va sustituyendo, poco a poco, por una expresividad más sugerente, en linde con la sombra; lo mismo ocurre con el culturalismo que se dosifica en pequeñísimas dosis en perfecto equilibrio con el sosiego natural que exhalan los poemas. Todo ello sale al exterior por medio de frescos endecasílabos y ricos alejandrinos, dos de los metros más utilizados a lo largo de su trayectoria poética. Si echamos la vista atrás, a libros como Arte y parte, Compás binario o Las contemplaciones, por citar algunos, observamos que al leerlos la coherencia entre la poeta y sus creaciones proclama la característica unitaria de su obra.


2. En el interior: una oceanografía del ahora

Los veinte textos de El umbral no se estructuran por divisiones sino que se trata de una distribución textual aditiva sin ser acumulativa, abierta en su coherencia y llena de simetrías. Ese número de poemas puede indicarnos, en un primer momento, una brevedad aparente y cuantitativa pero no cualitativa. Esa concisión se lleva a la cantidad de versos que en cada texto median los siete u ocho y cuyo número total no sobrepasa los ciento cincuenta. Este rasgo tanto organizativo como estilístico también se ha depurado con los años y los libros, así en los primeros poemarios, es decir, en su primera etapa poética, la formalidad métrica del soneto, por ejemplo, se tomaba como referencia transmisora, entre otras. Todo ello se debe a un proceso de interiorización y de madurez total. En este caso, el de El Umbral, comienza con “Este hilo de vida” y la primera palabra que sale a la superficie es “Ahora” como una manera de soltar las horas que ilusoriamente nos pertenecen. Para quitarse estos lastres se recurre al olvido y la presencia simbólica de los pájaros-poetas “tras de los vidrios”. O en palabras mayores de María Zambrano: “El presente, pues, es el único tiempo propio para esta poesía, sin pasado”. Estas orientaciones temáticas encuadran el mundo de M.V. y sus certidumbres se resuelven en las vivencias hechas poemas. Por esta razón, tenemos esa sensación de movimiento tranquilo, de un modo de mostrarnos esas pequeñas verdades del entorno. Y es que María Victoria pertenece a esa línea de poetas de la contemplación y la serenidad, del tipo de Vicente Aleixandre o Jorge Guillén, dos de sus maestros. En esas visiones y en El umbral son esenciales la presencia del pájaro, de esos veinte textos cuatro aluden explícitamente a este asunto mediante el título. El primero de ellos “Las palomas” despliega una de sus constantes temáticas: ese descanso vital que se traspasa al poema como expresión de la cotidianeidad; en dos ocasiones se repite en este poema de sutil estructura circular la palabra “paz”, rasgo que, junto con leves y bellas rupturas sintácticas: “quietas de otro quehacer que un suave compartirse”, completan su intensidad.  A esas palomas les sigue “El ruiseñor”, al que más allá del análisis y ya en el plano del gusto personal, tengo que señalar como uno de los textos más sobresalientes: “Puedo entregarme a ti, ruiseñor de lo alto y tan ajeno/ a ti que eres un yo que estuviese cantándote,/sucesiva hermosura que un instante en el alba se atreve a/detenerse/ sobre una tierna rama ya suspensa en luz/y viene a preguntarme por tu pluma y sus causas;/ como si yo supiera si está todo en su sitio y dispuesto en/ su orden/ para poderte oír, resumen de la gracia, ruiseñor.” Y como comenté anteriormente este libro presenta diversas simetrías, de esta manera entre el poema “Vencejos” y el primer poema “Este hilo de vida” converge el tema del olvido, de ya no mirar atrás, de darle a la desmemoria para olvidarse de sí mismo. Toda esa pajarería da paso al mundo vegetal (ambos universos profundamente entrelazados). Ahí está ese texto de transición estructural “Pájaros”, en el que se hace explícita mi observación y prosigue en el siguiente poema “El ramo”. Además, hay que señalar que los finales de cada poema introducen no ya ese vacío de la muerte sino una integración, al desaparecer, en la belleza, en lo natural. Así pasan los anillos arbóreos y los años florales, así tenemos al lirio y a la rosa, la cual da título a un poema que se incluye en la larga tradición de Góngora, Juan Ramón Jiménez o Miguel de Unamuno, entre otros. Y ese rojo de la rosa se vive también en “Granada”, como si todo este fardo de poemas fuese una ascensión reposada y luciente: “Como quien se adentrase en lo oscuro de un bosque/ sin conocer la exacta dimensión de su sombra,/y sin embargo viese y sintiese y palpase/y se creyera la invención de una luz que irradiara en lo/oscuro”. Este camino, como apuntó Guillermo Carnero, se centra en desvelar, en ser leal a la poética que nos dice que la palabra, en esta escritura, es una inclinación hacia el misterio, hacia el otro lado de las cosas y de los seres. Y ese camino se realiza a través de la intuición y la transparencia, en consonancia con esos “ambientes inasibles”. Pero en la poesía de la poeta malagueña se encuentran muchas lealtades. Como nos indica Sharon Keefe Ugalde en su ensayo María Victoria Atencia: un acercamiento crítico: “cada poema se balancea entre lo irreal y lo posible, con una levedad que pocas veces se consigue en la poesía onírica.” Esta observación se refiere a Los sueños, en edición no venal de 1976, y puede sentirse en los poemas de El umbral como una constancia más y no como una repetición (los grandes poetas saben ahondar y no dispersarse).

Si seguimos el camino de este libro nos encontramos con una bifurcación: por un lado, los poemas que van hacia la muerte y sus posibles, y por otro, aquellos que van hacia su contrario.  El primer lado supone una aceptación de la certeza y con ello surge una nueva sensibilidad simbólica: el agua. Una vez pasada la belleza de los pájaros y las flores, lo líquido surge en variaciones como la saliva, la lluvia y los partos. Todo ello en conformidad con esos relevos generacionales y en plenitud de desnudez y creación. Desde aquí viene el otro camino: la vitalidad y a partir de ella no ya la reflexión sobre la escritura sino su celebración como un modo de soportar los rigores de los inviernos de la edad. Me quedo, para terminar, con el cierre del libro, “La tinta, el curso azul”:

                                                               Qué decía esta tinta, ya desvaída antes
                                                               de que yo fuese el huésped que me acosa,
                                                               mi habitante al que escribo cuando ya tengo el alma
                                                               tan pequeña que apenas si me cabe
                                                               en su espacio tan propio y tan pequeño.
                                                               La tinta, el curso azul y sus insignias,
                                                               como una vena que me recorriese y tiño,
                                                               y escribo y leo y sufro su latido.  

María Victoria Atencia: El umbral. Pre-textos, Valencia, 2011.

domingo, 17 de febrero de 2013

INTRAPOESÍA EN PRE-TEXTOS

http://www.pre-textos.com/prensa/?p=1005


jueves, 14 de febrero de 2013

EN CUADERNOS HISPANOAMERICANOS





PARAÍSO A CIEGAS DE JOSÉ ANTONIO MASOLIVER RÓDENAS


                                           
0. En situación: “Sediento de algo que ignoro”


Decía Guillermo Carnero en una reseña sobre la poesía reunida de José Antonio Masoliver Ródenas que “la vocación tardía suele ser en los poetas una garantía de calidad, ya que nos ahorra la delicuescencia adolescente en la que incurre en sus comienzos la mayoría de ellos.” Y no le falta razón, ya que en contadísimas excepciones los resultados son como mucho notables, sobre todo en esta edad de Rimbaud superguays y fotográficos. Otro asidero de superficie lo tenemos en la portada, allí vemos sonar a Juan Ramón Jiménez o W.B. Yeats (recordemos que el poeta barcelonés pasó gran parte de su vida en Londres), a estas dos referencias yo añadiría otras dos: Cernuda y San Juan de la Cruz. Y a este abono podemos sumar sus obsesiones presentadas dentro de un estilo reconocible, sobrio, seco, tensado en la palabra, la imagen y la reflexión; fluido en la variación rítmica del pensamiento, es decir, el tema y su tratamiento armónico se muestran de un modo brillante, con contenido y contundencia, sin imposturas seudoreflexivas. Se nota que hay mucho que decir y que todo ello se dice con una claridad desasosegada, discursiva, paradójica y elíptica en ocasiones, como la sintaxis en la que cabalga; en el interior de poemas sin título (excepto uno), en plena consonancia con la depuración que se enseña y se siente.

Aludía Juan Goytisolo, en otra reseña sobre la poesía reunida, a la periferia de José Antonio Masoliver, a las simplicidades de las clasificaciones generacionales, de las trabas de la tribu literaria, a lo romo de nuestra crítica, tan clara como la corrupción de nuestro país, ¿nuestro país? Esos rediles, después de un siglo de generaciones: 14, 27, 36, 50, 70, etcétera, representan la pereza y la inercia de los críticos, una señal de pobreza analítica y un modo de acabar con las particularidades de trayectorias como las de Masoliver Ródenas. Creo que es hora de terminar con ese residuo historiográfico que promueve el amiguismo, el fomento de poetas mediocres, flojos o epigonales y la comodidad creativa (¡ya somos como la generación del 27, tú serás Salinas, el otro Aleixandre, y el de más allá, Alberti!…). Por lo tanto, poetas que publican a los treinta y tantos, que viven en el extranjero o que no tienen relaciones amistosas (interesadas) pues se quedan en el limbo literario.

  1. Aprender a respirar dentro del agua: lo importante

Un crítico puede establecer varias varas de medir: gusto, apreciaciones o metodologías diversas. En esta reseña se incluyen las tres, por un lado está el deleite de confirmar la resolución creativa de unos textos en que convive un dios desacralizado, mortal y frecuentado como un recuerdo, que algún día aportó una parte del rostro; pero que desde hace tiempo se encuentra en el abandono y en la desconfianza: “Deshabitado por el recuerdo/ del dios que necesito/. En la hornacina, la virgen/desnuda orina temblorosa/. Los trece apóstoles/cenan reposadamente/ en el refectorio./Mis ojos están llenos de murales./Suplico en vano. Suplico en vano/con las manos vacías en la cruz./Me escupen los creyentes […]”. Asimismo se añade otra visión sobre este asunto, el propio Masoliver ha declarado sobre ello lo siguiente: “San Juan de la Cruz recurría al amor erótico para expresar la experiencia mística; yo recurro a la elevación espiritual para expresar el amor erótico. Por otro lado, hay una realidad que podríamos llamar histórica y otra psicológica. Los años de represión en los que me eduqué intensificaron el misterio del cuerpo.” Un recorrido inverso, una trayectoria que nos lleva a vivencias sobre la atracción por lo prohibido, la perplejidad por la muerte, con su fascinación y su miedo (en este libro siempre se oye el mar de fondo, si lo leen lo escucharán). En ese camino la mirada se echa atrás pero sin melancolía, quemando los recuerdos para exorcizarse de sus lastres y mentiras. Así, tenemos lo erótico y lo escatológico, a los amigos y a la casa, más esos pequeños destellos que produce la aceptación de la decepción: “¡Es tan dulce/todo lo que nos lleva al desengaño!”. Poemas en los que se entrecruza lo carnal y lo místico, por eso, en ellos observamos muy pocas abstracciones y las concreciones, en muchos casos, se manifiestan envueltas con el humor. El amor se muestra a través de escenas e imágenes llenas de fragilidad; los ideales, los sueños y las ilusiones con el tiempo se diluyen en los intersticios de los recuerdos, los desengaños y las realidades. Otro sentimiento importante que recorre el libro es la amistad, casi siempre como una galería de fantasmas y sombras que dibujan, al mismo tiempo, el hundimiento de un rostro y la plenitud de repasos temporales.

El tercer estadio lo representa la familia con sus cantos de sirena, con su felicidad encima de la mesa podrida, con la madre como espejo de la vejez: “Busco el seno sin pezón/de mi madre” y también de la sordidez: “En la calle más turbia, él,/ el que más me amó/ vuelve para pedir que le masturbe”. Vemos pasar un mundo de claroscuros, en donde el cobijo de años atrás y sus voces picotean la madera de la memoria. Y subiendo más arriba, en el último piso, está sin lugar a dudas ni aguaceros la poesía, los libros y sus lecturas, refugios en donde pasar las pequeñas y las grandes intemperies. A través del análisis de los versos y la ayuda de una entrevista para The Barcelona Review vemos diferentes tratamientos de la palabra, de sus creaciones y de otros puntos de fuga. Así, desde el primer poema, se alude a la inutilidad de los signos lingüísticos para saber algo de uno mismo. Esta teoría se asienta a lo largo de este poemario, ejemplos los tenemos en diversos sitios, ahí está el texto que comienza: “Una persona comprará mi libro/si lo ve en una tienda, en el mercado […]” o en otros en que la meditación sobre la palabra se une al sentimiento de desesperación y de ausencia. En fin, círculos concéntricos que no se disuelven.

3. Lo formal y el final: los caballos ciegos miran las nubes

La visibilidad de esos círculos se manifiesta de manera formal en la estructura de este poemario. Hay dos poemas que marcan el orden de los contenidos, uno que sella la mitad del libro y otro que es el único titulado. El primero: “Sandy, el vecino escocés […]” se diferencia, en primera instancia, por el espacio que ocupa: cinco páginas, pero aparte merece la atención por otras razones. En él se mezclan la realidad exterior y la interior; antes de este poema predomina la reflexión sobre las propias soledades, sobre la familia de obsesiones y las imágenes engarzadas con una serie de símbolos, en que la evocación y la sugerencia se concretan, sobre todo, en la aparición constante de los caballos y con ellos viene todo el deseo atenazado y el erotismo como salida al instinto. Además de esta mixtura de realidades aparece un diálogo entre esos entornos y otros, entre la vejez y la juventud, entre España y sus males, entre la lujuria y el consuelo de su empuje. El segundo poema importante desde el punto de vista de esta estructura lineal, desde esta secuencia de textualidades, es “Mediterráneos”, el único que lleva título, ese mar plural que muestra imágenes de “mano cercenada”, “boca sin lengua” y un “cementerio sin tumbas”. De este modo hemos pasado por Lisboa, Génova, las calles de Ocata, las praderas de Sussex, Londres y el origen, Barcelona; de todo esto se van desgranando aspectos formales como ese poema escrito en italiano, en que persiste una iconografía de perdidas y olvidos: “e adesso è buio, una ferita/nella memoria, rumori di treni,/strade senza fine lontano/dalla luce di Genova, musica/che arriva da un cielo inesistente […]”. Al final del libro, el último poema nos dice que toda esta estructuración se manifiesta en el espejismo de las variaciones de un mismo texto, el cual crea “su propio sentido del ritmo y de la armonía, su propio canto de sirena.” y que conduce “a aquel poema/tantas veces escrito, a aquel/amor en ruinas, a los engaños/ del corazón y la memoria”.
Para terminar podemos referirnos al prólogo de Andrés Sánchez Robayna sobre la Poesía reunida, en la cual se alude a la singularidad de una obra con un estilo visible, algo que no es exagerado, y a las palabras del propio José Antonio Masoliver Ródenas en cuanto a uno de los temas importantes de este Paraíso a ciegas: “¿Qué es ser poeta? Muy simple: escribir poesía. La pregunta es la de Bécquer: ¿Qué es poesía?  Sé muy bien lo que no es. Y precisamente porque lo sé, la escribo. El poema es el resultado visible de algo que es, por así decirlo, invisible y aparentemente inasible. Relación de amantes furtivos, más que de pareja estable. El lenguaje poético permite expresar lo que no permite expresar el lenguaje cotidiano. Por lo mismo, busca lo que la realidad nos niega, se alimenta del misterio, de lo invisible, de lo indecible.”

 José Antonio Masoliver Ródenas: Paraíso a ciegas. El Acantilado. 2012. Barcelona.


viernes, 8 de febrero de 2013

domingo, 13 de enero de 2013


        ÚLTIMAS NOTICIAS DE RICARDO DEFARGES

                                (PIOJOS EN LA POESÍA)


1. A primera vista

Como indica la contraportada del último poemario de Ricardo Defarges, en Muere al nacer el día influyen dos hechos vitales en su trayectoria: la inclusión en la Generación del 50 y su nacimiento en 1933. Estos dos hechos contextuales, estos dos aspectos sociológico-literarios aprietan siempre la recepción de este tipo de autores y como consecuencia surge esa “otra generación del cincuenta” que se ha perfilado plenamente en un figura paralela a la oficial y que en algunos casos, tiene mayor presencia por su calidad y no por la inercia crítica que otros poetas de primera fila proporcionan. Pero lo importante es esta entrega nueva y esplendida que prosigue la estela del libro anterior La cima vieja, cuya realización se produjo en condiciones extremas de salud dada la situación de discapacidad. Este hecho y sus efectos discurren desde la tragedia y el deseo de orden vital. Sin embargo, en este último libro la estructura formal adquiere la diferencia de una mayor libertad creativa, en cuanto a la disolución del posible género que puede ser actualmente la poesía (y sus ya diversos subgéneros). Este proceso de fusión, de desembocadura en lo intergénerico, no se produce de un día para otro, la poesía de Ricardo Defarges se ha bifurcado en dos etapas bien diferenciadas. Como apunta Vicente Gallego en su antología 50 del 50. Seis poetas del medio siglo, el escritor barcelonés se presenta desde el principio como un poeta hecho, plenamente formado. En la primera etapa sus poemas muestran una fisonomía delgada, precisa, escueta en su expresión, cuya sencillez formal se refleja a través de la apariencia de canciones. Toda esta sobriedad, toda esta contención, retiene esa mayor libertad expresiva del periodo posterior de madurez, al cual pertenece Muere al nacer el día.


2. Libros, películas, pinturas y algo de vida


Este último tiempo poético de Muere al nacer el día nos llega más complejo y variado. En él se mezcla la tradición y la aventura, la propia reflexión vital y lectora, la juventud y la vejez, todo ello entrelazado al mismo tiempo y a debida distancia. La unión de todos estos arcos estéticos y argumentales recae en la memoria, en el “culturalismo” y en una pequeña sorpresa. Empecemos por el principio, es decir, por el repaso de lo que se fue y de esta forma entramos en el primer poema Aún lo dices que nos conduce por medio de su versificación preferiblemente heptasilábica a la expresión condensada. De este modo, la palabra se vuelve casi esencia y esa sustancia se manifiesta en una pregunta incómoda: “¿Qué vas a decir ya?”, cuya respuesta se expone en los versos siguientes pero se extiende por todo el libro: “Palabra del silencio, en la casa vacía.” Estos signos mudos forman continuas interrogaciones que apenas quieren repuesta cuando se intuyen esas respuestas. Pero también surge la negación de esos recuerdos y el engaño de percibir los hechos de manera cerrada,  asuntos que se extienden a textos como “No quieres recordar” o “Los labios”, pues la existencia parece quedarse entre la incógnita y lo enigmático: “Y el misterio detrás iba quedando,/ para cambiarse pronto/en un Enigma ya definitivo.” En mitad de esos jeroglíficos se halla “la casa” como símbolo de esa nostalgia convertida ya en melancolía; y es que desde su libro El arbusto pronosticaba que la madurez de los años le aportaría la sabiduría necesaria para asumir su sequedad y sus secretos. Así es la gran poesía, aquella que de manera sugerente y estimulante nos enseña tanto a vivir como a morir. En ese aprendizaje la soledad se convierte en un tránsito de conocimiento, en un camino de perfección y de reconocerse hasta encajar en el propio perfil. Por eso, la propia existencia se convierte en una caricia ocasional y ajena: los libros, las películas, sobre todo las películas, los cuadros y la música, cobran mayor importancia, un estatus vital superior a esa realidad que ¿alguna vez fue real? De esta forma, el yo autoral se desvincula de sus propias vivencias con el fin de convertirse en un “tú” o en un “vosotros” textual, dando lugar a un desapego personal que a veces se quiebra en poemas como “Viaje a Bizarritz”. En este poema están las cosas como son, tal cual, las imágenes secas, sin ornamentos y la cotidianeidad en consonancia con ello: “Te han arrastrado en un coche/después, en la silla de ruedas”. Todo ello para acabar con ese ahondamiento en la palabra austera que ha caracterizado durante años la poesía de Defarges y que aquí, en Muere al nacer el día, se diluye en la lluvia como una secuencia más de esos recuerdos.
Sin embargo, esta contención poética encuentra su envés en los poemas que glosan principalmente las películas y los libros que al poeta consiguen emocionar. Así, se produce la creación de una nueva perspectiva sobre la obra comentada (aquí está la pequeña sorpresa aludida anteriormente), sin llegar al análisis crítico de la intrapoesía; pero con la intención de literaturizar el cine y filmar la literatura. Uno de estos primeros textos se concreta en “Fresas salvajes (Ingmar Bergman-1957)”, cuyo desarrollo paralelo acaba en la realidad del actor Víctor Sjöström que hizo el papel de doctor, acaba en su muerte cercana; como contrapunto a su extinción surge “su huella/ perdurable sobre la tierra.” Estos versos manifiestan el respeto de la muerte ante lo poco que deja con vida. Asimismo ocurre en poemas como “Dies irae (Carl Dreyer-1943)”, en el que se ensancha los asuntos de la película y del director de la misma, creando un ambiente afín en la que las cuestiones transcendentales y metafísicas se convierten en la médula espinal. Estas preocupaciones no solo se tratarán de un modo distanciado sino que entrarán en los desasosiegos de Defarges a través de esas palabras en mayúsculas: “morir la muerte de otro,/ son la lección de injusticia/y el ejemplo del Maestro./” (“Comunión de santos”); por medio de figuras ascéticas: santa Teresa en “Piojos en la poesía” o plenas de fe y serenidad: “Entre montañas,/templo románico./Un Cristo en Cruz,/sólo sereno,/inclina el rostro/en Majestad,/ leve tristeza./Quema Tu imagen/la casa sola”. (“Beget”). Y es que Muere al nacer el día no se presenta como un libro de homenajes ni tampoco como mera opción culturalista desfasada, en este poemario la novedad se concentra en el avistamiento de una creación poética que se inclina hacia el análisis de obras ajenas.


3. El arte de morir


Si nuestra lectura ahonda en un libro de estas características observamos que cada poema es la anatomía de una des-ilusión, es decir, una verdad en sí misma. Ricardo Defarges ha dejado de engañarse, ya no crea el espejismo de inventar asideros, ahora se ofrece resistencia tan solo con ver las emociones de un cuadro, oír la música de los diálogos fílmicos, con oler y tocar la poesía. Ese vértigo, ese vacío, esa nada maciza y creciente se nos desvela sin sentimentalismos, en el aprendizaje que aporta la palabra para saber morir. Poesía para ser capaces de vivir a la intemperie y de este abandono llega una mirada honda: “Fuera de la casa quieta,/y dentro del alma, arrecia/el huracán solitario./Este son de vida y de muerte/gime en el cuarto vacío./-Coges el Libro, y de pronto/todo se hace suave,/ Carga ligera./ Y olvidas el viento amargo,/su escalofrío en la noche.” (“Queja del viento”). Y como bien se dice en la contraportada de este libro, en esta segunda etapa de la poesía de Ricardo Defarges, se reparten más los temas y ese “pesimismo innato” se convierte en acto de amor, de amor hacia lo humano, un ejemplo de ello lo tenemos en el poema “Enrique Cornuty”.
Por otro lado, hay que destacar un aspecto argumental que se muestra de manera continua en los pasajes más inclinados hacia la reflexión cultural: los finales textuales que resumen, desde un punto de vista ético, el resto del poema, a modo de conclusión interpretativa del objeto artístico y de la realidad que lo envuelve. Los ejemplos son diversos: “Diario de un cura de aldea (Novela de Bernanos-Película de Bresson)”, Azorín (“Cerrera, Cerrera”) o “Orwell”; en todos ellos se presenta una doble temática final: la lucha entre la vida y la muerte, y la consecuente proyección religiosa en fe y gracia. Cada creación se convierte en un medio de afirmarse y de asumir todo aquello que se va. No debemos olvidar señalar, por último, que la estructura de este poemario no viene de una división en partes que diferencien las condiciones formales y argumentales de los textos, sino que procede de una ordenación diaria, cuyo primer poema está fechado en 2008 (“Aún lo dices”) y último en 2010 (“El coma”). Dos años de creación que se resuelven en un mensaje novedoso y contundente.

4. Conclusiones/revitalizaciones

Ricardo Defarges no es un poeta que ha necesitado de una generación para imponer su voz. Se trata de un poeta cuya generación se manifiesta en el propio camino labrado a lo largo de años de poesía. El poeta barcelonés es un solitario, y lo bueno de este tipo de poetas se percibe en que miran poco hacia los lados y sobre todo lo hacen más para sí mismos, en un acto de ahondamiento nada narcisista. Por eso, su obra pertenece a la estirpe de poetas como César Simón o Tomás Segovia. Muere al nacer el día es un libro en el que se comparten lecturas y visualizaciones, en el que se sugieren los significados de distintas textualidades a través de la confección de otros textos: ¿un nuevo sentido? ¿Se busca un nuevo sentido?

Ricardo Defarges: Muere al nacer el día. Editorial Renacimiento, Sevilla, 2010. 

sábado, 12 de enero de 2013

MÁRGENES EN EL BLOG DE ÁLVARO VALVERDE

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