jueves, 14 de febrero de 2013

EN CUADERNOS HISPANOAMERICANOS





PARAÍSO A CIEGAS DE JOSÉ ANTONIO MASOLIVER RÓDENAS


                                           
0. En situación: “Sediento de algo que ignoro”


Decía Guillermo Carnero en una reseña sobre la poesía reunida de José Antonio Masoliver Ródenas que “la vocación tardía suele ser en los poetas una garantía de calidad, ya que nos ahorra la delicuescencia adolescente en la que incurre en sus comienzos la mayoría de ellos.” Y no le falta razón, ya que en contadísimas excepciones los resultados son como mucho notables, sobre todo en esta edad de Rimbaud superguays y fotográficos. Otro asidero de superficie lo tenemos en la portada, allí vemos sonar a Juan Ramón Jiménez o W.B. Yeats (recordemos que el poeta barcelonés pasó gran parte de su vida en Londres), a estas dos referencias yo añadiría otras dos: Cernuda y San Juan de la Cruz. Y a este abono podemos sumar sus obsesiones presentadas dentro de un estilo reconocible, sobrio, seco, tensado en la palabra, la imagen y la reflexión; fluido en la variación rítmica del pensamiento, es decir, el tema y su tratamiento armónico se muestran de un modo brillante, con contenido y contundencia, sin imposturas seudoreflexivas. Se nota que hay mucho que decir y que todo ello se dice con una claridad desasosegada, discursiva, paradójica y elíptica en ocasiones, como la sintaxis en la que cabalga; en el interior de poemas sin título (excepto uno), en plena consonancia con la depuración que se enseña y se siente.

Aludía Juan Goytisolo, en otra reseña sobre la poesía reunida, a la periferia de José Antonio Masoliver, a las simplicidades de las clasificaciones generacionales, de las trabas de la tribu literaria, a lo romo de nuestra crítica, tan clara como la corrupción de nuestro país, ¿nuestro país? Esos rediles, después de un siglo de generaciones: 14, 27, 36, 50, 70, etcétera, representan la pereza y la inercia de los críticos, una señal de pobreza analítica y un modo de acabar con las particularidades de trayectorias como las de Masoliver Ródenas. Creo que es hora de terminar con ese residuo historiográfico que promueve el amiguismo, el fomento de poetas mediocres, flojos o epigonales y la comodidad creativa (¡ya somos como la generación del 27, tú serás Salinas, el otro Aleixandre, y el de más allá, Alberti!…). Por lo tanto, poetas que publican a los treinta y tantos, que viven en el extranjero o que no tienen relaciones amistosas (interesadas) pues se quedan en el limbo literario.

  1. Aprender a respirar dentro del agua: lo importante

Un crítico puede establecer varias varas de medir: gusto, apreciaciones o metodologías diversas. En esta reseña se incluyen las tres, por un lado está el deleite de confirmar la resolución creativa de unos textos en que convive un dios desacralizado, mortal y frecuentado como un recuerdo, que algún día aportó una parte del rostro; pero que desde hace tiempo se encuentra en el abandono y en la desconfianza: “Deshabitado por el recuerdo/ del dios que necesito/. En la hornacina, la virgen/desnuda orina temblorosa/. Los trece apóstoles/cenan reposadamente/ en el refectorio./Mis ojos están llenos de murales./Suplico en vano. Suplico en vano/con las manos vacías en la cruz./Me escupen los creyentes […]”. Asimismo se añade otra visión sobre este asunto, el propio Masoliver ha declarado sobre ello lo siguiente: “San Juan de la Cruz recurría al amor erótico para expresar la experiencia mística; yo recurro a la elevación espiritual para expresar el amor erótico. Por otro lado, hay una realidad que podríamos llamar histórica y otra psicológica. Los años de represión en los que me eduqué intensificaron el misterio del cuerpo.” Un recorrido inverso, una trayectoria que nos lleva a vivencias sobre la atracción por lo prohibido, la perplejidad por la muerte, con su fascinación y su miedo (en este libro siempre se oye el mar de fondo, si lo leen lo escucharán). En ese camino la mirada se echa atrás pero sin melancolía, quemando los recuerdos para exorcizarse de sus lastres y mentiras. Así, tenemos lo erótico y lo escatológico, a los amigos y a la casa, más esos pequeños destellos que produce la aceptación de la decepción: “¡Es tan dulce/todo lo que nos lleva al desengaño!”. Poemas en los que se entrecruza lo carnal y lo místico, por eso, en ellos observamos muy pocas abstracciones y las concreciones, en muchos casos, se manifiestan envueltas con el humor. El amor se muestra a través de escenas e imágenes llenas de fragilidad; los ideales, los sueños y las ilusiones con el tiempo se diluyen en los intersticios de los recuerdos, los desengaños y las realidades. Otro sentimiento importante que recorre el libro es la amistad, casi siempre como una galería de fantasmas y sombras que dibujan, al mismo tiempo, el hundimiento de un rostro y la plenitud de repasos temporales.

El tercer estadio lo representa la familia con sus cantos de sirena, con su felicidad encima de la mesa podrida, con la madre como espejo de la vejez: “Busco el seno sin pezón/de mi madre” y también de la sordidez: “En la calle más turbia, él,/ el que más me amó/ vuelve para pedir que le masturbe”. Vemos pasar un mundo de claroscuros, en donde el cobijo de años atrás y sus voces picotean la madera de la memoria. Y subiendo más arriba, en el último piso, está sin lugar a dudas ni aguaceros la poesía, los libros y sus lecturas, refugios en donde pasar las pequeñas y las grandes intemperies. A través del análisis de los versos y la ayuda de una entrevista para The Barcelona Review vemos diferentes tratamientos de la palabra, de sus creaciones y de otros puntos de fuga. Así, desde el primer poema, se alude a la inutilidad de los signos lingüísticos para saber algo de uno mismo. Esta teoría se asienta a lo largo de este poemario, ejemplos los tenemos en diversos sitios, ahí está el texto que comienza: “Una persona comprará mi libro/si lo ve en una tienda, en el mercado […]” o en otros en que la meditación sobre la palabra se une al sentimiento de desesperación y de ausencia. En fin, círculos concéntricos que no se disuelven.

3. Lo formal y el final: los caballos ciegos miran las nubes

La visibilidad de esos círculos se manifiesta de manera formal en la estructura de este poemario. Hay dos poemas que marcan el orden de los contenidos, uno que sella la mitad del libro y otro que es el único titulado. El primero: “Sandy, el vecino escocés […]” se diferencia, en primera instancia, por el espacio que ocupa: cinco páginas, pero aparte merece la atención por otras razones. En él se mezclan la realidad exterior y la interior; antes de este poema predomina la reflexión sobre las propias soledades, sobre la familia de obsesiones y las imágenes engarzadas con una serie de símbolos, en que la evocación y la sugerencia se concretan, sobre todo, en la aparición constante de los caballos y con ellos viene todo el deseo atenazado y el erotismo como salida al instinto. Además de esta mixtura de realidades aparece un diálogo entre esos entornos y otros, entre la vejez y la juventud, entre España y sus males, entre la lujuria y el consuelo de su empuje. El segundo poema importante desde el punto de vista de esta estructura lineal, desde esta secuencia de textualidades, es “Mediterráneos”, el único que lleva título, ese mar plural que muestra imágenes de “mano cercenada”, “boca sin lengua” y un “cementerio sin tumbas”. De este modo hemos pasado por Lisboa, Génova, las calles de Ocata, las praderas de Sussex, Londres y el origen, Barcelona; de todo esto se van desgranando aspectos formales como ese poema escrito en italiano, en que persiste una iconografía de perdidas y olvidos: “e adesso è buio, una ferita/nella memoria, rumori di treni,/strade senza fine lontano/dalla luce di Genova, musica/che arriva da un cielo inesistente […]”. Al final del libro, el último poema nos dice que toda esta estructuración se manifiesta en el espejismo de las variaciones de un mismo texto, el cual crea “su propio sentido del ritmo y de la armonía, su propio canto de sirena.” y que conduce “a aquel poema/tantas veces escrito, a aquel/amor en ruinas, a los engaños/ del corazón y la memoria”.
Para terminar podemos referirnos al prólogo de Andrés Sánchez Robayna sobre la Poesía reunida, en la cual se alude a la singularidad de una obra con un estilo visible, algo que no es exagerado, y a las palabras del propio José Antonio Masoliver Ródenas en cuanto a uno de los temas importantes de este Paraíso a ciegas: “¿Qué es ser poeta? Muy simple: escribir poesía. La pregunta es la de Bécquer: ¿Qué es poesía?  Sé muy bien lo que no es. Y precisamente porque lo sé, la escribo. El poema es el resultado visible de algo que es, por así decirlo, invisible y aparentemente inasible. Relación de amantes furtivos, más que de pareja estable. El lenguaje poético permite expresar lo que no permite expresar el lenguaje cotidiano. Por lo mismo, busca lo que la realidad nos niega, se alimenta del misterio, de lo invisible, de lo indecible.”

 José Antonio Masoliver Ródenas: Paraíso a ciegas. El Acantilado. 2012. Barcelona.


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