domingo, 24 de marzo de 2013

EN CUADERNOS HISPANOAMERICANOS





                                


                               EL UMBRAL DE MARÍA VICTORIA ATENCIA

                                               (EL CLAROSCURO ZARCO)


1. De afuera hacia dentro


Ya viene siendo clásico realizar dentro de la segunda promoción de poetas de posguerra una división que aclara este marco cronológico. Ahí están estudios valiosos: el ensayo de Luis García Jambrina, La otra generación del 50, diversos artículos sobre este tema o la acertada antología de Vicente Gallego, El 50 del 50. Seis poetas del medio siglo. El caso de María Victoria Atencia posee varios puntos comunes con sus compañeros de exilio poético: el silencio editorial de aproximadamente una década, la periferia literaria, las ediciones restringidas o la dificultad para encuadrar su poesía en conceptos tan excluyentes, superficiales y reduccionistas como el de “Generación”. Añadamos la condición de mujer más la inercia burocrática de gran parte de la investigación española de la literatura y tendremos las razones contextuales para que una poeta de esta calidad haya permanecido en el limbo crítico durante un tiempo excesivo. Pero lo bueno de estos casos se presentan en la independencia estilística y con ello viene la lealtad a sí mismo. Un último ejemplo se manifiesta en la entrega de El Umbral, en la cual la poeta malagueña profundiza en sus rasgos distintivos con naturalidad y serenidad, como si esos poemas remitiesen a una expresión necesaria. De las reseñas que han salido de este libro se apunta un “creciente hermetismo” o una “relativa oscuridad” (Francisco Díaz de Castro), la “depuración formal y espiritual” (Santos Domínguez) o “las alusiones culturales” (Josep M. Rodríguez); estas observaciones poseen una relación estrecha y plena en este poemario. Esa reserva de mostrar una palabra demasiada clara se va sustituyendo, poco a poco, por una expresividad más sugerente, en linde con la sombra; lo mismo ocurre con el culturalismo que se dosifica en pequeñísimas dosis en perfecto equilibrio con el sosiego natural que exhalan los poemas. Todo ello sale al exterior por medio de frescos endecasílabos y ricos alejandrinos, dos de los metros más utilizados a lo largo de su trayectoria poética. Si echamos la vista atrás, a libros como Arte y parte, Compás binario o Las contemplaciones, por citar algunos, observamos que al leerlos la coherencia entre la poeta y sus creaciones proclama la característica unitaria de su obra.


2. En el interior: una oceanografía del ahora

Los veinte textos de El umbral no se estructuran por divisiones sino que se trata de una distribución textual aditiva sin ser acumulativa, abierta en su coherencia y llena de simetrías. Ese número de poemas puede indicarnos, en un primer momento, una brevedad aparente y cuantitativa pero no cualitativa. Esa concisión se lleva a la cantidad de versos que en cada texto median los siete u ocho y cuyo número total no sobrepasa los ciento cincuenta. Este rasgo tanto organizativo como estilístico también se ha depurado con los años y los libros, así en los primeros poemarios, es decir, en su primera etapa poética, la formalidad métrica del soneto, por ejemplo, se tomaba como referencia transmisora, entre otras. Todo ello se debe a un proceso de interiorización y de madurez total. En este caso, el de El Umbral, comienza con “Este hilo de vida” y la primera palabra que sale a la superficie es “Ahora” como una manera de soltar las horas que ilusoriamente nos pertenecen. Para quitarse estos lastres se recurre al olvido y la presencia simbólica de los pájaros-poetas “tras de los vidrios”. O en palabras mayores de María Zambrano: “El presente, pues, es el único tiempo propio para esta poesía, sin pasado”. Estas orientaciones temáticas encuadran el mundo de M.V. y sus certidumbres se resuelven en las vivencias hechas poemas. Por esta razón, tenemos esa sensación de movimiento tranquilo, de un modo de mostrarnos esas pequeñas verdades del entorno. Y es que María Victoria pertenece a esa línea de poetas de la contemplación y la serenidad, del tipo de Vicente Aleixandre o Jorge Guillén, dos de sus maestros. En esas visiones y en El umbral son esenciales la presencia del pájaro, de esos veinte textos cuatro aluden explícitamente a este asunto mediante el título. El primero de ellos “Las palomas” despliega una de sus constantes temáticas: ese descanso vital que se traspasa al poema como expresión de la cotidianeidad; en dos ocasiones se repite en este poema de sutil estructura circular la palabra “paz”, rasgo que, junto con leves y bellas rupturas sintácticas: “quietas de otro quehacer que un suave compartirse”, completan su intensidad.  A esas palomas les sigue “El ruiseñor”, al que más allá del análisis y ya en el plano del gusto personal, tengo que señalar como uno de los textos más sobresalientes: “Puedo entregarme a ti, ruiseñor de lo alto y tan ajeno/ a ti que eres un yo que estuviese cantándote,/sucesiva hermosura que un instante en el alba se atreve a/detenerse/ sobre una tierna rama ya suspensa en luz/y viene a preguntarme por tu pluma y sus causas;/ como si yo supiera si está todo en su sitio y dispuesto en/ su orden/ para poderte oír, resumen de la gracia, ruiseñor.” Y como comenté anteriormente este libro presenta diversas simetrías, de esta manera entre el poema “Vencejos” y el primer poema “Este hilo de vida” converge el tema del olvido, de ya no mirar atrás, de darle a la desmemoria para olvidarse de sí mismo. Toda esa pajarería da paso al mundo vegetal (ambos universos profundamente entrelazados). Ahí está ese texto de transición estructural “Pájaros”, en el que se hace explícita mi observación y prosigue en el siguiente poema “El ramo”. Además, hay que señalar que los finales de cada poema introducen no ya ese vacío de la muerte sino una integración, al desaparecer, en la belleza, en lo natural. Así pasan los anillos arbóreos y los años florales, así tenemos al lirio y a la rosa, la cual da título a un poema que se incluye en la larga tradición de Góngora, Juan Ramón Jiménez o Miguel de Unamuno, entre otros. Y ese rojo de la rosa se vive también en “Granada”, como si todo este fardo de poemas fuese una ascensión reposada y luciente: “Como quien se adentrase en lo oscuro de un bosque/ sin conocer la exacta dimensión de su sombra,/y sin embargo viese y sintiese y palpase/y se creyera la invención de una luz que irradiara en lo/oscuro”. Este camino, como apuntó Guillermo Carnero, se centra en desvelar, en ser leal a la poética que nos dice que la palabra, en esta escritura, es una inclinación hacia el misterio, hacia el otro lado de las cosas y de los seres. Y ese camino se realiza a través de la intuición y la transparencia, en consonancia con esos “ambientes inasibles”. Pero en la poesía de la poeta malagueña se encuentran muchas lealtades. Como nos indica Sharon Keefe Ugalde en su ensayo María Victoria Atencia: un acercamiento crítico: “cada poema se balancea entre lo irreal y lo posible, con una levedad que pocas veces se consigue en la poesía onírica.” Esta observación se refiere a Los sueños, en edición no venal de 1976, y puede sentirse en los poemas de El umbral como una constancia más y no como una repetición (los grandes poetas saben ahondar y no dispersarse).

Si seguimos el camino de este libro nos encontramos con una bifurcación: por un lado, los poemas que van hacia la muerte y sus posibles, y por otro, aquellos que van hacia su contrario.  El primer lado supone una aceptación de la certeza y con ello surge una nueva sensibilidad simbólica: el agua. Una vez pasada la belleza de los pájaros y las flores, lo líquido surge en variaciones como la saliva, la lluvia y los partos. Todo ello en conformidad con esos relevos generacionales y en plenitud de desnudez y creación. Desde aquí viene el otro camino: la vitalidad y a partir de ella no ya la reflexión sobre la escritura sino su celebración como un modo de soportar los rigores de los inviernos de la edad. Me quedo, para terminar, con el cierre del libro, “La tinta, el curso azul”:

                                                               Qué decía esta tinta, ya desvaída antes
                                                               de que yo fuese el huésped que me acosa,
                                                               mi habitante al que escribo cuando ya tengo el alma
                                                               tan pequeña que apenas si me cabe
                                                               en su espacio tan propio y tan pequeño.
                                                               La tinta, el curso azul y sus insignias,
                                                               como una vena que me recorriese y tiño,
                                                               y escribo y leo y sufro su latido.  

María Victoria Atencia: El umbral. Pre-textos, Valencia, 2011.