viernes, 3 de enero de 2014

La miniatura de eternidad de Jeanne Hersch en CH


                         
                                               

Jeanne Hersch: Tiempo y música. El Acantilado, Barcelona, 2013.

En cierto modo la crítica es un modo de hacer memoria, de rastrear notas, búsquedas y subrayados. En esta persecución de sentido de un texto realizamos un ejercicio de prelectura, lectura, contralectura y deslectura, siempre y cuando el libro lo merezca, en este caso, la reunión de tres textos, dos de ellos para revistas y una dedicatoria, más tres conferencias bajo el título de Tiempo y música, seguro que ejercerán una atracción para aquellos lectores gustosos de sondear estos asuntos. Antes de llegar al camino, al centro y al final de esta obra, es significativo referirse al “Saludo de Czeslaw Milosz”, el escritor y traductor polaco expone la reciprocidad del alimento intelectual, la amistad y las afinidades, como también los desencuentros. Además, nos aporta detalles reveladores que posteriormente se confirman y de este modo, este texto no se convierte en un elogio lleno de subjetividad y desmesura sin contenido. Todo ello puede resumirse en ese “no sucumbir a la tentación del sueño que nos arrastra hacia lo vago, lo impreciso y lo descarnado.” Clave de estilo que se sobresale en cada uno de sus ensayos, desde L’ilusion philosophique (1936) pasando por Temps alternés (1990) con su temporalidad como “valor absoluto”, hasta llegar a su penúltima e impresionante entrega, El gran asombro (2010), cuyo recorrido hace despertar la conciencia y la indagación.
De las diversas reseñas que han salido en España sobre Tiempo y música tenemos lugares comunes que se convierten en puntos de encuentro en torno a esta obra: “uno de los aspectos más trascendentes de su pensamiento y obra es la capacidad de buscar la espiritualidad más allá de los límites intrínsecamente religiosos, localizándola dentro del mundo artístico.” Esa huida hacia la claridad se edifica en un principio sobre las secciones, “Música y tiempo vivido” y “La contradicción en la música”. En el primero de ellos se nos aleja de toda abstracción y nos acerca desde el instante inicial a lo concreto: el concierto. A través de la oyente Jeanne Hersch asistimos a una sinfonía sin rostros, a un tiempo práctico que sobresale por encima del acto y cuyo centro se expresa en el presente, como un planeta que orbita alrededor de su sol. Y todo ese ahora se sostiene sobre una “pequeña duración” que pasa y no discurre. Sin causa y sin efecto, con la posibilidad de decidir un destino se representa también ese presente, esa música, fuera ya del tiempo de la naturaleza o en superposición con él.
A la claridad y cercanía de Jeanne Hersch hay que añadir también su sencillez y franqueza: “Existe además un tercer tiempo al que desearía llamar <<eternidad histórica>>. Para empezar debo confesar que no sé muy bien que quiero decir con ello”. Pero a continuación con brevedad luminosa nos dice que esa querencia de “eternidad” aparece de la complejidad humana (de nuevo esa espiritualidad) y para una mayor llaneza expone una serie de ejemplos de esa eternidad como intemporalidad (matemática y geométrica). Uno de ellos se encuentra en esa posible exclusión entre infinitud e historicidad que descubre su reconciliación, según J. Hersch, en lo sobrenatural de la tradición judeocristina (recuerden que Stanislaw Vincenz la llamaba “hija del desierto” en filiación con los profetas bíblicos). En esa ramificación de conceptos vividos se establece su eternidad en relación con esa trascendencia a modo de imposibilidad de representación de lo percibido.
Y Jeanne Hersch vuelve al concierto como si fuera un ejemplo auditivo de leer levantando la cabeza de R. Barthes. Esto da paso a ese planteamiento interesante sobre la receptividad activa ya que la música crea un tiempo vivido. Esa bifurcación tiene que ejercitarse en el deber de la libertad y en la unificación “del espíritu, del sentimiento y del cuerpo”. Pero para ello la escucha se convierte en el centro de la receptividad, es decir, J. Hersch crea un enlace con esa pequeña duración, dando lugar, desde el punto de vista argumental, a una serie de círculos concéntricos; así, lo irreconciliable se vuelve conciliable y puede expresarse la contrariedad de ese tiempo intemporal que la música refleja. Estamos ya en la “Contradicción de la música” y en Salzburgo, lugar en donde J. Hersch expone esta conferencia en julio de 1985 en el Festival de la ciudad austriaca. Tras unas palabras de humildad que se alejan de la charlatanería y la insustancialidad, actos habituales en las conferencias y ensayos,  se introduce en la pregunta de ¿cómo se produce ese tiempo intemporal? Para su resolución nos aporta una serie de pistas sobre el mismo: simultáneo y sucesivo, libre y necesario, objetivo y subjetivo, expresando una estela de contradicciones como reflejo de la propia paradoja extrema que origina y pervive en la música. Pero se llega a tener conciencia de lo siguiente: “Decir que es <<a la vez>> esto y aquello, no es decir demasiado. Cuanto más es esto, más es aquello”.
Tras este ajuste de cuentas con lo escrito, cómo se puede volver retomar la reflexión y el desciframiento, pues con la constancia de la lucidez y el acierto del juicio (las treinta y cuatro primeras páginas son una flecha y una diana). El enlace es A. Rimbaud y con su figura se establece “la unidad de esta doble naturaleza” en la música y más allá llega lo real: la industria que produce esa melodía, ritmos y cadencias. Esa confección conlleva un interrogante que nos acerca a dos opciones: la recepción de la música con libertad o con ese aturdimiento que más que llevarnos a lo libre, nos aleja. Dejo al lector que se adentre en el bosque de palabras de la autora suiza para descubrirlo. Jeanne Hersch remata este segundo apartado de Música y tiempo con dos referencias literarias: una, el discurso de su amigo, Gabriel Marcel, que lo titula “La música como patria del alma” y que nuestra protagonista le da vuelta en “La música como ausencia de patria”, para reflejar el destierro y el deseo de acabar con él; la segunda, F. Kafka, como ejemplo de trascendencia y de “equilibrio en medio de esta modernidad”.

2. El sí mismo: entre la armonía y el reloj

La puerta giratoria para entrar en la segunda parte de esta reunión textual se llama “Para Bernat Ducret”, este inédito de una página vuelve a resaltar expresiones claves como “receptividad activa”,  “tiempo intemporal” y “miniatura eternidad”. A través de él nos encontramos con otro apartado y otra pregunta: “¿La música trasciende el tiempo?” (vuelvo a la memoria de los subrayados y las dobleces). Al analizar mi recuerdo crítico me viene a manera de ejercicio de traducción esta sugerencia: a veces, escuchar se convierte en trascender y recibir en un impulso por medio del cual heredamos algo de libertad, la de la música y su tiempo. En sí resulta un modo de sacar lo más interior e íntimo de uno mismo y de observar la contradicción no como un defecto sino como una vía de conocimiento. No teme J. Hersch a las grandes y gastadas (atesoradas) palabras: tiempo, trascendencia, libertad…esta última entra de lleno a lo largo de estas páginas en coincidencia con la palabra necesidad (y de pleno con su significación y sentido). Una vez más aparece el hilo de la contradicción en forma de camino. La verdadera música aúna lo necesario y lo libre, todo envuelto por esa concepción del  tiempo de su maestro Karl Jaspers y por esa semejanza con la catarsis de la tragedia griega, que purifica cualquier elemento contradictorio. Otra referencia significativa (muy justas y reveladoras) se presenta en Fronteras de la poesía de R. Maritain desde el enlace entre el “componente oscuro” o esa clara oscuridad de la creación poética y musical: como reflejo de todas sus contradicciones. En fin, la presencia y la ausencia de una patria que dura una pequeña eternidad.
El cierre de Tiempo y música viene con dos textos publicados en revistas, “Entre lo efímero y lo permanente. Una meditación sobre el tiempo” e “Historia entre tiempo y trascendencia”. En el primero de ellos después de unas páginas de tránsito nos encontramos con el centro del mensaje: “existe una palabra que intenta tener un sentido más allá del tiempo: la eternidad.” Ese momento eterno tiene su reflejo en la duración y la música entra dentro de esos parámetros en amarre de fugas. La búsqueda de lo verdadero, lo coherente, aquello que se escapa de lo simple y de lo descifrable, nos indica el refugio contra la tormenta de horas. Y llega Heráclito con su pantha rei lleno de transformaciones, de diversos significados y J. Hersch nos instala en otra afirmación humilde: no sabemos ni sabremos qué es el tiempo. El decaimiento de esta reunión de textos para revistas y conferencias se encuentra en estas páginas, debilidad en cuanto a dispersión, en cuanto a una reducción de la intensidad de la exposición y de su significación (aunque también pueden verse como un descanso para el lector (oyente); corren las páginas cincuenta y ocho y cincuenta nueve…hasta llegar a las dos últimas páginas de este apartado, las cuales nos devuelven a la intensidad y la plena significación de cada párrafo. El último apartado, en forma de conclusión, lo titula “Historia entre tiempo y trascendencia”, el más breve de todos, traza un círculo cuyos puntos de apoyo reflejan el pasado y aquello que vendrá, sus interpretaciones y sus intermedios. Para realizar esa acción coloca en el centro la historia humana y su tiempo a través de sus paradojas y discontinuidades. Esta figura euclídea sella sus secretos con las constantes que la han mantenido brillante: esa pequeña duración o miniatura de eternidad. 


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